martes, 12 de diciembre de 2017

Ana

Se llama Ana. Tiene 46 años, es de Colima. Me mandó un texto SMS. Cosa rara en estos tiempos de mensajería verde y gratuita, pero así es ella. Diferente. Me citó en un café extraño y vacío. Cuando llegué sentí que para poder entrar debía ofrecer una especie de contraseña, misma que me funcionaría para formar parte de un círculo humano predilecto y ser tratado con cortesía. 

Me senté ante una mesa de caoba antigua y pedí un cortado de caramelo. "Aquí no vendemos esas puterías", me dijo un hombre tatuado. Pedí un americano fuerte y sin leche. Preferí desgastarme los intestinos con futuras úlseras a ser golpeado por un barista macho lomo plateado piel coloreada pelo rapado. Ana llegó a los 45 minutos. Para ello yo ya llevaba 4 cafés, 6 gotas de flores de Bach que subrepticiamente había colado en un vaso con agua (qué hubiera dicho Barista Violento) y con ansiedad al tope en mis cienes y venas frontales. 

La conocí 3 años atrás en la fila peatonal para cruzar a San Ysidro, CA. En aquel entonces Lizeth era mi novia y el cuerpo juvenil y enérgico de Ana me era más indiferente que en estos días. Ana era soltera por aquel tiempo y ahora estaba casada con un buen tipo. No sé mucho sobre él pero parece quererla como se debe querer a una mujer como Ana; con el alma, con el cuerpo y con la mente. 

"Tuve una aventura ayer en la noche". Me lo soltó como la Fuerza Armada de los Estados Unidos suelta bombas en países bendecidos con petróleo; sin avisar y sin aparente compasión. Ni siquiera hubo un "hola" antecesor a dicha confesión.

Ardí en celos internos, las quemaduras de la cafeína eran hielo comparadas con las llamas ácidas de mis envidias carnales y ajenas a quién sabe quién. Recuerdo que le di un sorbo amargo al café y mi primer pregunta fue "¿edad?". Su mirada bajó a un mantel sucio que tenía delante y sonrojada contestó que "20". Celos, impotencia, envidia, ego...café quemando mi esófago, venas saltando mi cuero cabelludo. Veinte. Algún idiota de veinte años pudo hacerse de un milagro divino y yo no. Ego, coraje, más ego, más coraje. 

Tragué saliva. Desvíe mis ojos de los de ella y grité para mis adentros. Al subir la cara roja de coraje y pena, solo pude sonreír. Me contó que fue una estupidez, que "nada serio". Seguía pensando en la edad del canalla que la tuvo. Recordé cuando mi estudiante de literatura me confesó que se había acostado con una mujer de 53 años. "Es que es una MILF", me dijo. Cuando me enseñó las fotos que la mujer le había mandado, Ulises, mi estudiante, me miró con una sonrisa. Había notado que en mis ojos se hallaba un claro "pinche Ulises, mira nomas que después de todo no eres un cerebrito aburrido". Ulises era tan serio y académico que juré su virginidad por sobre viento y marea. Mi consejo fue "sigue saliendo con ella, eres joven". Era mi mejor alumno, lamentablemente murió atropellado una noche en las vías del metro. Nunca encontraron rastro de notas suicidas ni homicidio. Aunque a juzgar por el presente, esas afirmaciones no son de fiar. 

¿Qué le habría dicho al pendejo ese suertudo? Sin duda lo mismo. Sigue saliendo con ella. Es casada pero vale madre, sigue. O tal vez me acobardará y mi moral dominaría mi culpa y terminará dándole una beca para la academia en la que era Maestro y Director. Algo sano y de buen ejemplo.

"Esta bien", respondí resignado. Fingiendo indiferencia y hasta una chispa de confidencia y complicidad. Veinte años. Que tío tan suertudo el imbécil. La miré y después de cierto desconcierto hasta sentí pena por ella. "No es tan grave", le dije. "Son cosas que pasan". No dejó de llorar por 45 minutos hasta que le dije todas las aventuras que yo había tenido con algunas de mis alumnas para calmar la preocupación a su cruda moral.

A mis 35 años, acostarte con una alumna de 25 no era pedofilia ni delito, pero si una causa probable a un despido de mis casi 50 mil pesos mensuales. No pensaba renunciar a ello. Por lo tanto, como bien se sabe, las elegidas quedaban exentas y sin oportunidad para reclamos ante mis superiores.

Después de mis sagradas confesiones se logró recuperar y me observó con gratitud. Cambiamos de tema. Prefería hacerlo. Hablamos de jardinería, de libros, de estrategias económicas y del clima. Eso me ayudó a calmar la gastritis nocturna. El sol había caído y nosotros ni en cuenta. "Mi esposo llega en una hora, no es celoso pero no quiero darle pautas". 

Salimos y me abrazó. Dios. Abrazos únicos, de cuerpo y besos platónicos. Así de sencillo. Me tomó del rostro y me soltó un beso corto. Corto pero del tipo profundo, en extremo placentero. Me quedé tieso y sorprendido. Se subió al auto y cerró la puerta. Dio marcha pero se detuvo a los 5 centímetros de haber avanzado. Un pequeño arrancón parado en seco. Bajó la ventanilla y me dijo "gracias, de verdad. Descansa, lo de Ulises fue un error. Pero todo bien, te quiero". 

Ya llegará otro alumno de dieces. 


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